El mensaje sindical de este Primero de Mayo ha sido diáfano: más inversión pública para crear empleo y ni hablar de una posible reforma laboral. En buena medida, los sindicatos coinciden con el Gobierno, o éste con ellos, poniendo en serio entredicho la presumida o supuesta equidistancia a la hora de conducir los asuntos del país. Sin duda, a cada uno merecerán distinta valoración, pero algunas cosas, más que otras, no son fáciles de entender, a poco que se contrapongan las afirmaciones rotundas -¿dogmáticas?- con los datos que empecinadamente transmite la realidad.
Tomando los dos pilares de las proclamas más repetidas en las celebraciones del pasado viernes, surgen algunas reflexiones. En primer lugar, sería interesante conocer en qué medida los líderes sindicales y los miembros del Gobierno que se sienten
próximos
a ellos están patrocinando una suerte de estatización de la economía. De otro modo, no es fácil adivinar cómo el dinero público puede crear puestos de trabajo en medida suficiente para reducir de forma significativa el ejército de parados que actualmente padece el país. También valdría la pena conocer en qué sectores o actividades se considera más oportuna la presencia preponderante de capital público. Por no mencionar la duda relevante referida a la procedencia de esos fondos: ¿más deuda?, ¿mayor presión fiscal?
El otro principio marmóreo, rechazar cualquier posibilidad de reformar el mercado de trabajo, sugiere también algunas incógnitas. Negarse a modificar algo suele interpretarse como convicción de que no es mejorable ni perfectible o, lo que viene a ser lo mismo, que funciona de forma satisfactoria. Implica también la certeza de que no existe otro modelo mejor. Ambas cosas son objetables en este caso, siquiera teniendo en cuenta el elemento comparativo de que una tasa de contracción de la economía más o menos en línea con el promedio comunitario acarrea en España una generación de paro sólo equiparada en alguno de los países bálticos emergidos de las cenizas de la antigua URSS. O, viéndolo desde otra perspectiva, recordando que en los mejores momentos de la fase expansiva de la economía, la tasa de paro española no ha logrado bajar del 11 por ciento; un guarismo que, en estos momentos de crisis, queda lejos ?por elevado- de las pérdidas de actividad de las principales economías de la eurozona. ¿Alguien se puede sentir satisfecho con esta situación?
Probablemente es ingenuo pretender que los eslóganes vayan acompañados del análisis racional y consecuente de lo que se esgrime tras ellos. Pero al menos en estas circunstancias valdría la pena no perder de vista un par de realidades más que constatadas. De una parte, el
éxito
cosechado por las experiencias estatistas. De otra, la evidencia de que otros modelos de mercado de trabajo se muestran más proclives a mantener índices razonables de ocupación.
Más que frases redondas y verdades inamovibles, lo que ahora mismo hace falta es debate: poner todas las alternativas sobre la mesa y, a falta de capacidad de inventar algo o encontrar soluciones mágicas, obviar lo que ya se sabe que no funciona y elegir, aunque sea copiando de otros, aquello cuyos resultados luzcan mejor.