Ya hemos entrado, quizás sin posibilidad de retorno, en una nueva fase de tipos de interés, al alza se entiende. Estado, familias y empresas están endeudados hasta las cejas, en porcentajes de su renta que no tienen parangón en la historia económica reciente. Afrontar la devolución de al menos una parte de tanta deuda (devolverla toda es inviable y desde luego no necesario) es posiblemente la tarea más ardua a la que se enfrenta el país en los próximos años. La escenificación del problema hemos empezado a verla con toda su crudeza esta semana, cuando el martes el Tesoro se vio en la necesidad, por primera vez en bastantes meses, de elevar los tipos de interés para captar dinero en el mercado.
El Tesoro Público, en efecto, ha tenido que doblegarse ante la presión de sus crecientes necesidades de dinero, por un lado, y ante la previsión de un vuelco en los tipos de interés dentro de unos pocos meses, por el otro. Los inversores, institucionales se entiende, ya han hecho cuentas y saben que el Estado español afronta unos años de dificultosa y quizás dramática trayectoria por los mercados de capitales internacionales en busca de dinero para sufragar sus dispendios. El creciente déficit del país, que puede llegar al 10% del PIB en alguno de estos años (éste o el que viene o los dos), nos va a poner al pie de los caballos y los inversores internacionales van a empezar a exigir cada vez tipos de interés más elevados para prestarnos dinero. Es de esperar que la cuestión se quede ahí, es decir, en un mayor coste de la financiación, ya que el paso siguiente sería la expulsión del mercado y en consecuencia la imposibilidad de atender vía créditos nuestras necesidades.
Lo cierto es que el asunto de las nuevas tensiones financieras a las que se enfrenta España a partir de ahora mismo quedó escenificado esta semana en la subasta de Letras del Tesoro a plazos cortos, de tres y seis meses. Dos subastas en las que el Estado se ha hecho con unos 6.500 millones de euros, la mitad de los cuales los tendrá que devolver a mediados de enero próximo y la otra mitad tres meses más tarde. Las emisiones a tan corto plazo van a ser por desgracia bastante frecuentes en los próximos dos años, añadiendo agobio a la Tesorería del Estado, que a veces se verá obligada a financiar con emisiones a corto plazo la amortización de títulos emitidos a plazos bastante superiores y que van a vencer de inmediato.
La subida de tipos ha sido, no obstante, de escasa monta y además los niveles en los que se mueve ahora mismo la Deuda Pública son livianos. En la emisión de Letras a 3 meses, el Tesoro ha tenido que pagar ya un 0,489% frente al 0,355% de hace unas semanas. En la emisión de Letras a seis meses, el Tesoro ha tenido que pagar un 0,670% frente al 0,450% de hace bien poco tiempo. Más que las subidas y los niveles, que son bastante moderados y que cualquiera los firmaría dentro de un año, lo que importa es el cambio de tendencia y la rapidez con la que pueden reiniciar la carrera alcista. Hace un año, estos mismos títulos se pagaban al 3,25% y el 3,9% respectivamente. Quizás tardemos algo más de un año en volver a pagar tipos de esta envergadura, pero lo que sí ha quedado de manifiesto el martes de esta semana, con ocasión de estas dos subastas, es que el mercado empieza a presionar, sabedor de que las tensiones financieras juegan en contra del Tesoro, acuciado por unas necesidades mucho más elevadas que en el pasado y necesitado de financiación barata o cuando menos asequible para no empeorar un déficit que al Gobierno se le ha ido de las manos.
El programa de emisión de Deuda Pública para el año próximo, según los Presupuestos del Estado en fase de aprobación (aunque este tipo de detalles no serán objeto de modificación en el debate parlamentario, ya que las deudas son lo que son, deudas), asciende a unos 210.000 millones de euros, lo que significa unos 4.000 millones de euros a la semana (unos 570 millones de euros cada día), un ritmo ciertamente frenético y que el Tesoro Público español no conocía desde los años 80, aunque las condiciones de los mercados y la propia solvencia del país son ahora notablemente diferentes. Lo que no ha cambiado mucho, sin embargo, es la imagen como deudor que merece la España de hoy en comparación con la de hace treinta años. Los inversores, básicamente internacionales (en España no hay oferta de dinero suficiente para cubrir la suscripción de estas deudas, ni siquiera ahogando al sector privado, empresas y familias), saben de nuestros apuros y van a exigirnos unos costes crecientes por la sencilla razón de que en los mercados internacionales de capitales hay un montón de Gobiernos con el mismo peregrinaje y necesidad que el nuestro. Es decir, la competencia va a ser feroz en los mercados de Deuda. Si el Tesoro logra captar esos 210.000 millones de euros que pretende el año próximo y lo hace a un precio razonable, habrá que descubrirse.