(Publicado originalmente en la revista
británica Prospect de Londres)
Vivimos en tiempos de crisis. En dichos tiempos los humanos se
retiran hacia la seguridad y se blindan contra el futuro. La emergencia
financiera está teniendo este efecto sobre la clase gubernativa de Gran
Bretaña. El laborismo se ha retirado a la seguridad del abrigo del
Estado y a las comodidades de su primera subida de impuestos desde
mediados de los setenta. Mientras tanto, los conservadores parecen
proponer una repetición de la austeridad thatcheriana frente a la
catástrofe económica. Pero esta crisis es más que una recesión
ordinaria. Representa una desintegración de la idea de 'economía de
mercado' y hace obsoleto el consenso político de los últimos 30 años. Se
necesita un análisis fresco de la ortodoxia ideológica reinante.
Ciertamente, este nuevo pensamiento no va a venir de la izquierda. El
nuevo laborismo está intelectualmente muerto, mientras Gordon Brown
promete un retorno obligado a un hoy caduco
statu quo
. Pero, en realidad, la reconversión de Brown desde el Estado
post-socialista de libre mercado a uno intervencionista es solamente
plausible porque los conservadores no han podido desarrollar una
política económica alternativa que explique la crisis, y trazan un
futuro distinto libre de las actuales ortodoxias de bancarrota. Hasta
que esto se consiga, la proclama de Brown de que los conservadores son
el partido del 'no hacer nada' tendrá éxito y hace que el resultado de
las próximas elecciones esté lejos de poder asegurarse.
En un nivel más profundo, el presente es un
desafío al conservadurismo en sí mismo. Los conservadores todavía son
vistos como el partido del mercado libre, una idea que se acabó
transformando en el monopolio financiero, las grandes empresas y el
capitalismo global desregularizado. El pensamiento social conservador se
ha desarrollado genuinamente, pero el pensamiento económico del partido
está todavía situado entre la repetición y la renovación. Tan tarde
como agosto de 2008, David Cameron dijo: 'Voy a ser un reformador social
tan radical como reformadora económica lo fue Margaret Thatcher', y esa
'reforma social radical es lo que este país necesita ahora mismo'.
Tiene razón sobre la sociedad, pero en el contexto de mercados que se
colapsan y sin una alternativa macroeconómica, la economía thatcheriana
ha tropezado con los acontecimientos. Menos mal que el conservadurismo es una
tradición rica y variada, y reexaminando su historia puede proporcionar
las respuestas que Cameron necesita. Estas ideas están enterradas en un
conservadurismo con raíces más profundas que en 1979, y sus ramas llegan
hasta la tradición del conservadurismo cívico comunitario, o
conservadurismo rojo. Esto es más radical que cualquier cosa que emerja
de la izquierda de hoy y debería ser el camino a seguir para la derecha.
La oportunidad de restaurar un conservadurismo radical y progresista
contra el descenso económico no debe perderse. Hasta la fecha ningún partido político ha
ofrecido un análisis plausible de los orígenes de la crisis. Brown niega
toda responsabilidad, mientras que George Osborne y Cameron le acusan
de ser el único culpable. Dado que ninguna persona razonable puede
pensar que cualquiera de las dos posiciones es sostenible, ambos
partidos se han rendido en el terreno de la altura intelectual. Pero el
colapso financiero proporciona una oportunidad de pensar a través de un
renovado 'conservadurismo nacional'. Cameron dice que Disraeli es su
conservador preferido. Disraeli intentó mejorar una sociedad destruida
por la industrialización desenfrenada del capitalismo del siglo XIX,
mientras que el principal objetivo de Cameron (al menos hasta ahora) ha
sido una creación del siglo XX: el Estado desautorizado e ineficaz. Los
conservadores del siglo XIX criticaron el capitalismo liberal, mientras
que los del XX condenaron las consecuencias iliberales del estatismo.
Pero los conservadores del siglo XXI, especialmente contra el contexto
de la crisis actual, deben ir contra ambos a favor de la misma cosa que
sufre más en las manos del libre mercado y del Estado ilimitado: la
sociedad. Y el conservadurismo, como lo imaginamos, podría rechazar la
clase política de 'los nuestros' y los intereses de los ya ricos a favor
de una política nacional que sirva a las necesidades de todos. Fue Edmund Burke quien célebremente habló del
radicalismo conservador basado en pequeños grupos de sectores de
asociaciones familiares y cívicas. 'Amar al pequeño sector al que
pertenecemos en la sociedad es el primer principio básico del apoyo
popular. Es el primer eslabón de la serie por la cual procedemos hacia
el amor a nuestro país y a la humanidad'. Éste es el verdadero espíritu
del conservadurismo de Cameron y, tomado en serio, representa una
ruptura con la lógica del monopolio del Estado mercantil. Pero para
reconocer esta innovación tenemos que contrastar el potencial del
conservadurismo comunitario cívico de Cameron con el objetivo que quiere
superar: el estado podrido y corrupto de la política británica de
posguerra. Desde 1945 Gran Bretaña ha experimentado dos
paradigmas administrativos. El primero, keynesianismo Estado
patrocinado, extendido desde 1945 a través de las crisis del petróleo de
1973 hasta su muerte en 1979. El segundo, neoliberalismo, fue desde
entonces hasta la crisis de deuda global de 2007-08. A menudo se asume
que estos modelos representan visiones del mundo genuinamente diferentes
y mutuamente exclusivas, aunque, a pesar de verdaderas diferencias,
comparten razonamientos filosóficos y económicos importantes, y ambos
consiguieron el apoyo de todos los partidos. Mire a la sociedad en la
que nos hemos convertido: somos una nación bipolar, un Estado
burocrático, centralizado, que preside disfuncionalmente una ciudadanía
cada vez más fragmentada, privada de poder y aislada. Las estructuras
intermediarias de una vida civilizada han sido eliminadas, y con ellas
el ideal de Burkean de un centro cívico, religioso, político o social,
pues el Estado y el mercado acumulan poder a expensas de la gente
corriente. Pero si ambos, el socialismo del siglo XXI y el
conservadurismo, han convergido en el Estado mercado, lo han hecho
obedeciendo los dictados insistentes de la modernidad en sí misma. Y la
modernidad no es nada si no liberal. Para entender por qué la herencia del
liberalismo produce ambos, el Estado autoritario y el individualismo
atomizado, debemos primero observar que el liberalismo filosófico nació
de una crítica del siglo XVIII hacia las monarquías absolutas. Intentó
proteger los derechos del individuo del abuso arbitrario del rey. Pero
la defensa de la libertad individual fue tan extrema que cada hombre fue
obligado a rechazar los dictados de cualesquier otro, para facilitar la
substitución del reinado de un solo hombre (el rey) con el reinado de
otro. Como tal, la forma más extrema de autonomía liberal requiere el
rechazo de la sociedad, para que la comunidad humana influya y forme al
individuo antes de que cualquier capacidad soberana de elegir haya
tomado forma. La idea liberal del hombre es entonces, en primer lugar,
una idea de la nada: no familia, no etnia, no sociedad o nación. Pero la
gente real se forma por la sociedad de otros. Para los liberales, la
autonomía debe preceder todo, pero tal 'ego' es una ficción. Una
sociedad constituida así requeriría una autoridad central poderosa que
maneje el conflicto perpetuo entre los intereses de los individuos. El
legado inesperado de un liberalismo ilimitado es el más iliberal de las
entidades: el Estado que controla. Incluso los más liberales
'cooperativistas' -desde filósofos como Michael Sandel a políticos como
Ed Miliband- no pueden promover la comunidad sin un gobierno fuerte. Ven
el Estado como la respuesta, cuando generalmente empeora el problema.
La herencia del individualismo liberal es la restauración del propio
absolutismo que originalmente quiso derrocar, una tragedia filosófica
que se puede resumir en: 'El rey está muerto, larga vida al rey'. Los conservadores que creen en el valor, la
cultura y la verdad deben por tanto pensar dos veces antes de llamarse
liberales. El liberalismo sólo puede ser una virtud cuando está ligado a
una política del bien común, un problema que los mejores liberales
-Mill, Adam Smith y Gladstone- reconocieron pero que nunca lograron
resolver. Una visión de la buena vida no puede venir de los principios
liberales. El liberalismo ilimitado produce relativismo atomizado y un
Estado absolutista. En cuanto a ambos, conservadores y liberales han
sido contaminados por el liberalismo, la verdadera herencia de la
izquierda-derecha del periodo de posguerra es, lo nada sorprendente, un
Estado autoritario centralizado y una sociedad fragmentada y disociada. Por lo que se refiere al liberalismo, la
izquierda ha pecado dos veces. Ha producido un Estado gestor que ha
destruido el antiguo mutualismo de la clase obrera. Y ha destruido la
moralidad de la clase media y obrera; en nombre de la permisividad,
comodificó el sexo y el cuerpo, creando los indecentes buscadores de
placer de finales de los sesenta. Este libertarianismo de izquierdas
repudió todos los lazos entre parientes y amigos y, aunque era una
aspiración utópica, su verdadera herencia ha sido la aparición de
familias divididas, de niños desatendidos y del relativismo moral
perezoso de la élite liberal de profesionales. En este sentido, la
izquierda era de derechas años antes que la derecha, y creó las
condiciones para el interés propio universal bajo Thatcher. El consenso
político actual es izquierdo-liberal en cultura y derecho- liberal en
economía. Y éste es, precisamente, el lugar equivocado para estar. Además de esta herencia liberal en Gran
Bretaña, dos factores peyorativos más persisten: clase y monopolio.
Después de la Segunda Guerra Mundial, la necesidad de reconstrucción
masiva de los países europeos para reunir los intereses del Estado, el
capital y los trabajadores asalariados. Pero en Gran Bretaña pocos
partidos vieron la necesidad de abandonar sus intereses sectoriales. Los
sindicatos estaban poco dispuestos a desechar la negociación colectiva
libre y las relaciones industriales británicas de la posguerra se
congelaron en un estado de conflicto de clases sin resolver. Cuando el
keynesianismo comenzó a romperse, los trabajadores respondieron
simplemente pidiendo cada vez más y más de cada vez menos y menos. La
legislación antisindicatos de Thatcher redujo eventualmente el poder de
éstos. Pero la gerencia británica estaba también miope -como Tony Benn
lo dijo una vez-, si lograban beneficios pensaban que no había necesidad
de invertir, y si no los lograban, no había dinero que invertir de
todos modos. Thatcher, a su vez, declaró muerta esta
arruinada variante británica del corporativismo. Pero llegó más allá en
la otra dirección. En vez de sujetar al sector centro, el Estado se
utilizó a favor del propietario y del empresario. Las ventajas de la
liberalización conservadora a finales de los 80 acrecentaron
principalmente a la cima. La clase media vio su subida de impuestos
compensada en parte por más deuda, mientras que los pobres cayeron
relativamente más bajo. El nuevo laborismo hizo poco para invertir estas
tendencias. A corto, Gran Bretaña sigue pegada a un capitalismo de
clases, que ha hecho mucho daño a la vida británica. La característica final de la política
británica de posguerra es el mantenimiento y la escalada del monopolio.
El hecho de que el Estado haya establecido monopolios es evidente. La
nacionalización fue un fallo en sus propios términos, aún más porque los
trabajadores nunca lograron emanciparse gracias a ella. Creó nuevos
mamotretos remotos, con la retirada popular de los niveles de poder. JB
Priestley, decano socialista de la clase intelectual, escribió en 1949
que 'el área de nuestras vidas bajo nuestro control está hundiéndose
rápidamente... los políticos y los altos funcionarios públicos están
comenzando a decidir cómo deberíamos vivir el resto de nosotros'. El neoliberalismo Thatcheriano estaba decidido a
acabar con todos estos monopolios estatales. Así, los mercados se
convertirían en el vehículo por el cual la eficacia sería elevada al
máximo y la prosperidad adquirida. Pero los fundamentalistas del libre
mercado hicieron poco más que crear nuevos monopolios de capital para
substituir a los del estado. No fue hasta que el Nuevo Laborismo decretó
el Acto de Competitividad de 1998 cuando Gran Bretaña obtuvo su primer
régimen antimonopolio pro competencia eficaz. Y, por desgracia para los
conservadores, la protección más eficaz que la economía británica obtuvo
contra prácticas restrictivas durante los años de Thatcher y Major vino
de la legislación de competitividad de Bruselas. La crisis financiera es apenas el último
ejemplo del colapso de mercados en lo que yo llamo 'monopolio modélico'
Me refiero a un modelo de monopolio que se va más allá de si una
compañía individual tiene influencia indebida en el mercado hasta ver si
un cierto modo de hacer negocio constituye un cártel. Por ejemplo, el
gran desplome del mercado de la vivienda es sobre todo el resultado de
la absorción de todos los sistemas de crédito locales, regionales y
nacionales en una forma de crédito global. El sistema financiero mundial
careció de cortafuegos necesarios para separar el capital local del
nacional y del internacional. Indebidamente confiado en una fuente
proveedora de crédito, el mercado de activo residencial se derrumbó
cuando esta fuente fue comprometida. El boom inmobiliario que lo cubría
fue justamente la última y más notable pieza de la especulación
neoliberal en estallar. Mientras tanto, los grandes bancos se dedicaron a
generar fluctuaciones de precio y burbujas de activo existentes antes
de su fallecimiento. Esta estrategia de manipulación del mercado
desplegó cantidades enormes de capital en arbitraje especulativo (apenas
cinco bancos de EEUU tenían control sobre 4 billones de dólares de
activos en 2007). Este mercado estaba lejos de los miles de pequeños
inversores considerados como liberales clásicos del libre mercado. Sea por medios privados o públicos, la marca de
las últimas décadas ha sido definida por esta historia de tres partes:
el consenso liberal, la persistencia de clase, y el triunfo del
monopolio y la especulación en nombre del libre comercio y de la
modernización. Contra esto, el conservadurismo cívico naciente de
Cameron sería la primera ruptura radical con todas las enfermedades
anteriormente mencionadas. Es el fulcro alrededor del cual la renovación
de Gran Bretaña podría dar vuelta. Pero se le ha entorpecido su
trabajo. La erosión de nuestra sociedad va más allá de la disfunción de
la población más desfavorecida. Un estudio del año pasado de Danny
Dorling demostró cómo se ha vuelto de normal la anomalía, concluyendo
que incluso las comunidades más débiles en 1971 eran más fuertes que
cualquier comunidad hoy en día'. Esto es, ciertamente, una sociedad
quebrada. El conservadurismo británico no debe, no
obstante, repetir el error americano de predicar 'moralidad y mercado'
mientras ignoran el hecho de que el liberalismo económico ha sido, a
menudo, una tapadera para el capitalismo monopolista y por tanto es tan
perjudicial socialmente como el estatismo de izquierdas. De la misma
manera, si los conservadores logran poder del Estado mercado y lo dan a
la gente, deben desarrollar un pura raza 'nuevo regionalismo que trabaje
para favorecer comunidades y construir nuevas y vibrantes economías
locales que pueden elevar la visión cívica del partido'. ¿Cómo sucederá esto? ¿Cuáles deben ser las
prioridades de Cameron y cómo puede comenzar a construir un nuevo
acuerdo comunitario conservador? Podría empezar con cuatro cometidos:
volviendo a hacer local nuestro sistema bancario, desarrollando capital
local, ayudando a la gente corriente a adquirir nuevos activos y
rompiendo los monopolios de las grandes empresas. La primera prioridad
debe ser un sistema bancario que funcione. Los bancos británicos ya no
dan crédito porque están incapacitados por 150.000 millones de libras de
devaluaciones de las garantías hipotecarias. Para arreglar esto,
necesitamos un paralelo sistema bancario nuevo. Para conseguirlo,
Cameron debería anunciar una nueva configuración de Correos que amplíe
su actual función bancaria limitada, y dar marcha atrás con el plan de
privatización de Peter Mandelson. Correos es universalmente popular,
nacional, unido a la comunidad local y, crucialmente, enteramente libre
de mala deuda garantizada con activos a la baja. Otros bancos le
prestarían pero, más importante, lo harían con tipos de interés cercanos
a cero, el Banco de Inglaterra podría crear dinero con el mínimo coste
(dinero impreso) para suscribir negocio y crédito hipotecario. La
utilización de Correos introduciría una cierta competencia del sector
público. Sí, el balance de situación del Estado se agrandaría, pero a
coste nominal. Si ayuda a parar la caída de los precios de activos (como
lo haría una restauración de los préstamos), cualquier dinero público
gastado aseguraría el dinero ya invertido en el plan de rescate de
Brown, y sería más efectivo que un estímulo fiscal Este nuevo Correos
podría reestimular genuinamente la economía prestando con pequeños
márgenes, e involucrándose antes en inversiones locales que en la
especulación global. Podría incluso ser localizado antes que
privatizado, devolviéndoselo a las comunidades, para ampliar la
inversión y aumentar la prosperidad en cada vecindad. Habiendo anunciado este plan, Cameron debería
avanzar ayudando a las comunidades locales a comprar también la
propiedad de sus activos. Debe fijar una nueva clase de sociedades de
inversión locales, dedicada a la inversión en las ciudades y las aldeas a
las que sirven. Estas sociedades podían convertirse en nuevos centros
de finanzas locales; en lugar de invertir en Islandia, los ayuntamientos
y otras instituciones deberían ser obligadas a depositar los fondos
públicos en ellas, aumentando la base de capital local. Asimismo, el
nuevo 'fondo social' propuesto por los conservadores podría actuar
dentro de las compañías en áreas deprimidas para ofrecer
micro-financiación a la gente sin activos. Esto crearía una nueva pero
distinta forma conservadora de activo basado en el bienestar llevándolo,
eventualmente, a la independencia demandada. Las compañías poseerían la
red local de Correos, y cada compañía podría trabajar para invertir y
desarrollar economías locales. En lugar de los organismos de desarrollo
regional derrochadores (RDAs), los cuales gastaron más de un tercio de
su presupuesto de 10-12 billones de libras en la administración y ayudan
a menos del 1 por ciento del total de pequeñas empresas, esto podría
crear una forma genuina local de capital riesgo. La red regional de
compañías, mientras tanto, podría facilitar nuevos gremios y
cooperativas. Con un centro común de finanzas, y el uso de la tecnología
moderna, éstas podrían hacer cualquier cosa, desde investigación y
desarrollo para exportar iniciativas para dirigir escuelas y hospitales
locales. Pondría verdadera energía detrás del 'movimiento conservador
cooperativo', que David Cameron lanzó en 2007. El siguiente paso sería asegurarse de que la
adquisición por parte del gobierno local es devuelta a las instituciones
locales. Un estudio de la Fundación de la Nueva Economía de 2005
demostró que cada libra gastada en un proveedor local genera 1,76 libras
localmente, mientras que cada libra gastada con los proveedores
exteriores generó solamente 36 peniques. Un aumento del 10 por ciento en
la cantidad de dinero del consejo gastado localmente significaría una
inyección de 5,6 billones de libras en economías locales. Y si las
compañías pudieran también emitir deuda, esto podría restaurar algo del
poder de los municipios del siglo XIX. (Los residentes podrían incluso
participar en versiones populares del Dragon de Den para decidir sobre
las inversiones hechas.) Concebidos así, los lugares podrían ayudar a
invertir el tirón de centralización terrible de Londres, que aspira todo
el talento y dinero del resto del país hacía la zona suroriental,
dejando el resto de lugares como un mero remanso. El paso siguiente para el conservadurismo es
invertir la vieja política de clase, restaurando el capital en trabajo.
Cameron debería rechazar la narrativa marxista que muestra a los
conservadores casados con un proletariado privado de sus derechos. Por
el contrario: los conservadores creen en la extensión de la abundancia y
la prosperidad a todos. Aun así, el gran desastre de los pasados 30
años es la destrucción del capital, de los activos y de los ahorros de
los pobres: en Gran Bretaña, la parte de la abundancia (excepto
propiedades) disfrutada por la parte inferior el 50 por ciento de la
población cayó del 12 por ciento en 1976 a apenas el 1 por ciento en
2003. Un conservadurismo cívico comunitario radical debe proponerse
invertir esta tendencia. Esto requiere un rechazo considerado de la
movilidad social, de la meritocracia y del lenguaje del partidario del
estatismo y del neoliberal sobre la oportunidad, de la educación y de la
opción ¿Por qué? Porque este lenguaje dice que a menos que usted esté
en el círculo superior de oro del 10 al 15 por ciento de pagadores de
impuestos usted está esencialmente inseguro, fracasado y no tiene mérito
o valor. Los conservadores deberían dejar esta ideología arruinada al
nuevo laborismo y abrazar en su lugar un comunitarismo orgánico que
honre cada nivel de sociedad con mérito, seguridad, abundancia y valor. Tales ideas no son nuevas. La idea de un Estado
distributista conservador no es nueva; de hecho la frase; 'democracia
de propietarios' fue por primera vez acuñada en 1923 por el diputado
conservador Noel Skelton. Anthony Eden lo utilizó también en su famoso
discurso de la conferencia de partido de 1946, y la filosofía entusiasmó
a Churchill y a Thatcher. Las recientes propuestas de los Conservadores
para eximir de impuestos los ahorros de los salarios bajos y de los
pensionistas son exactamente el camino a seguir. Deberían ir más lejos,
pidiendo acciones para la propiedad de los empleados, compras de
opciones por parte de los trabajadores y la promoción de los gremios de
participación y las cooperativas del activo. Esto puentearía a los
sindicatos como instituciones permanentemente unidas a la servidumbre
del bienestar y casar la propiedad con el salario. La pieza final del rompecabezas es que los
conservadores rompan con las grandes empresas. Debemos terminar un
modelo en el cual la competencia se reduce a un cártel de beneficios
maximizados de grandes empresas desalentando a los competidores y
bajando los sueldos uniéndose a la izquierda liberal para fomentar la
inmigración masiva. Una alianza encubierta entre la izquierda liberal y
la derecha liberal ha destruido ingresos e identidades en la parte
inferior de la sociedad. Los conservadores deben hacerse cargo de los
monopolios no reconocidos del sector privado que se esconden en cada
calle comercial británica. Según cifras del sondeo de IGD de mayo de
2008, el mercado británico de la alimentación valía 134.800 millones de
libras. Los cuatro grandes supermercados valían 98.600 millones de
libras, una cuota de mercado del 73 por ciento. En nombre de la
competencia hemos entregado felizmente nuestras calles comerciales a
Tesco, estrangulando el comercio local. Cuanto más sea el precio nuestra
única medida de competencia, más grandes son las economías de escala
requeridas para competir, y más altas las barreras para la entrada de
las pymes locales. Echan a nuestros pescaderos, carniceros y panaderos,
convirtiendo una clase entera de propietarios en asalariados bajos,
empleada por los supermercados. Y, una vez se tiene un monopolio, exige
que otros monopolios le sirvan, como Tesco exige economías de escala de
sus proveedores, expulsando granjas pequeñas y medianas. Está
perfectamente claro que la Oficina del Comercio Justo y la Comisión de
la Competencia no están a la altura de las circunstancias. Cameron
debería renovarlas y anunciar su intención de disolver todos los
minoristas de las grandes compañías. Y, cuando acabe, debería echar una
ojeada a las compañías de telefonía móvil. Acabar con los supermercados
no hará que el mundo cambie, pero, como dicen, cada poco ayuda. Juntas, dichas políticas ayudarán a los
conservadores a crear un manifiesto transformativo del Conservador rojo.
Construirían una nueva base económica y de capital que descentraliza el
poder y extiende la riqueza y también acaba finalmente con la lógica
del monopolio y del capitalismo financiado por la deuda. Así, Cameron
puede finalmente reunir la tradición conservadora de la reforma del
capitalismo de Disraeli con su propio deseo justificado de ser un
'radical social'. Rendiría la izquierda superflua y redefiniría a Marx
como apenas otro defensor de los pobres. Por otra parte, recuperaría las
ideologías de los conservadores del siglo XIX como Cobbett, Ruskin y
Carlyle, los alía con Tawney y el distributismo de Chesterton, Belloc y
Skelton, todos los que sabían que, sin algo que comercializar, uno no
puede incorporarse al mercado. Haciendo mercados verdaderamente libres
previene la dominación corporativa, pero también extiende la propiedad,
la prosperidad y la innovación a través de toda la sociedad. La tarea de
recapitalización de los pobres es, por tanto, la tarea de hacer que el
mercado trabaje para la mayoría, no para unos pocos. David Cameron no
necesita hacer nada de esto para ganar las próximas elecciones. Pero
para ser un gran primer ministro sí. Traducción de Rocío Velasco y Antonio O.
Goriainoff
