Están que no caben en sí de gozo, pues el Parlamento Catalán ha escuchado su petición y también la de miles de personas que firmaron a favor de la abolición de las corridas de toros allí, en Cataluña, y también en el mundo entero si la Audiencia Nacional se sube al carro del animalismo.
Pero no es oro todo lo que reluce en estas organizaciones verdes. Y por eso parece que no les importa que estén expuestas al sol durante buena parte del día, soportando temperaturas cercanas a los cuarenta grados, o bajo la luz de la luna, en vigilante espera a la llegada de sus amos compradores. Quizás las consideren animales de segunda clase, mercancía de contrabando que pueden ser toreadas con derramamiento de sangre hasta morir exhaustas y asqueadas de una vida animalizada hasta el extremo.
Y ahí siguen, en los caminos de los polígonos industriales, en los descampados de las afueras de las grandes ciudades, en carreteras secundarias transitadas por toreros sin espada que desean saciar su sed de placer y de desidia. Ahí están, esclavas de la perversión, olvidadas de los animalistas que sólo piensan en las focas del polo norte, en el tordo de Tordesillas y en las vacas del pueblo “que ya se han escapao, riau-riau”.
Porque es fantástico lo que han conseguido estos ecologistas-naturalistas-animalistas: que los toros de lidia mueran de viejos, de muerte natural, o en un matadero de un certero chispazo. Sí, pero no podemos ni debemos olvidar a todas esas mujeres que son prostituidas sin piedad, tratadas como seres indignos, obligadas a rebajarse del todo, sin derecho alguno y sin el apoyo de miles y miles de firmas pidiendo la abolición de esta práctica muchísimo más indigna y cruel que cualquier corrida de toros… aunque les parezca mentira a algunos de estos ecologistas de nuevo cuño. Porque si un animal con cuernos tiene derechos, que no los debería tener porque no está sujeto a unos deberes, ni qué decir tiene del “ser vivo” que da la vida a la humanidad entera.
Aunque, por desgracia, algunos ecologistas de nuevo cuño preferirían la extinción del ser humano para así preservar el mundo entero, ignorando de forma culpable que esta naturaleza que tanto dicen amar tiene fecha de caducidad, lo quieran o no.
