La historia se repite hasta en muchos detalles. Recordemos que el recién elegido vicepresidente de Aznar, Álvarez Cascos, que se publicitaba como un ardiente defensor de la moral católica, fue lógicamente muy criticado por los obispos por su inconsistencia al dejar a su mujer y cuatro hijos para casarse por lo civil con otra (y, después, otra).
Ahora, la recién elegida vicepresidenta de Rajoy, Soraya Sáenz de Santamaría, ha sido cuestionada, por presentarse nada menos que como pregonera de la Semana Santa de Valladolid, por el obispo de esa ciudad, debido a su “situación matrimonial”.
Hay que ser coherentes con lo que se dice profesar. Cierto que eso no es demasiado fácil en una época de grandes y rápidos cambios como los que todos, y más en estos aspectos los españoles, estamos pasando. Pero si hay que ser más indulgente con el ciudadano de a pie, resulta indignante que quienes en política se pasan por el forro la aconfesionalidad del Estado para apoyar y así servirse de la Iglesia católica y, con ella, imponer en cuanto pueden sus normas, después se consideren personalmente libres para hacer lo contrario de lo que predican hasta en Semana Santa y de lo que con sus leyes y normativas obligan a hacer a cuentos pueden.
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