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Vidas paralelas: de Rosina a Francisquita


María Teresa García Hernández, Madrid. 27/01/2012 | 15:53 h.

  • 'El barbero de Sevilla' se representa estos días en el Teatro Compac Gran Vía de Madrid.

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    'El barbero de Sevilla' se representa estos días en el Teatro Compac Gran Vía de Madrid.

En estos días en que la compañía de ópera Estudio Lírico representa El Barbero de Sevilla en la Gran Vía de Madrid, invitamos a hacer una pequeña reflexión sobre estas dos grandes protagonistas del teatro lírico, la Rosina de El Barbero, y Doña Francisquita de Amadeo Vives . Y ambas encarnadas de forma brillante por la espléndida soprano Margarita Marbán, una de las mejores Francisquitas de la escena española actual que precisamente ha estrenado el Barbero en el Compac Gran Vía.

Los dos personajes viven una historia muy parecida: Rosina y Francisquita, dos jóvenes y preciosas muchachas abocadas a casarse con un señor que les dobla sobradamente la edad, cuando están enamoradas de dos hombres apuestos que las aman y ven desesperados que el objeto de sus amores va a convertirse en un imposible.

Eso sí, ambas tienen recursos para lograr sus propósitos, primero para enamorar a quienes ellas quieren, y luego para intentar liberarse de una boda desigual que supone una amenaza para su juventud. Eran épocas en que la mujer tenía menos libertad, sí, y el matrimonio era una meta a la que una joven debía aspirar casi como único objetivo: el siglo XVIII en El Barbero -recordemos que el autor del libreto, Cesare Sterbini, se basa en una obra de Beaumarchais ambientada en una Sevilla imaginaria- y los libretistas de Doña Francisquita, Romero y Fernandez-Shaw, la sitúan en Madrid, durante los tiempos románticos, en el XIX, aunque la historia se remonta, como es sabido, a La discreta enamorada de Lope de Vega, dos siglos antes. Pues para combatir esa menor libertad, tanto una como otra recurren a diferentes trucos, enredan, y luchan por conseguir su deseo de casarse con sus enamorados.

Francisquita deja caer su pañuelo cerca de Fernando, le da veladamente toda clase de datos sobre su nombre, su dirección… después intentará darle celos con su propio padre, que la pretende y ha pedido su mano, y le contará un cuento en forma de preciosa romanza, donde un zángano zumbador ronda a la mejor rosa del jardín, enamorada del ruiseñor… se enreda de momento en su propia historia y tiene que “aceptar” aparentemente la situación de prometida de Don Matías cuando el mismo Fernando le declara su amor: “La emoción va a descubrirme, pero siga la comedia” se dice a sí misma en un aparte. Su atrevimiento llega a decir a Don

Matías que Fernando le envía cartas, y a su madre que Fernando se ha enamorado de ella, pero de la misma Doña Francisca, lo cual a la pobre señora, viuda, le hace soñar por unas horas.

Rosina escucha la serenata de Lindoro-Almaviva, entreabre la ventana, lanza una nota pidiendo ayuda para eludir la tiranía de su tutor , y canta una de las arias más famosas de la ópera unversal en la que deja claras todas sus intenciones: Lindoro será suyo, ella es dócil y obediente, pero será una víbora antes de ceder en contra de su voluntad ; aquí los dos enamorados cuentan con la ayuda de Fígaro, pero Rosina no tiene ningún problema en inventarse ella sola varias excusas para que Don Bartolo no recele cuando sospecha que su pupila le está engañando: se ha quemado un dedo y se ha echado tinta para calmar el dolor, ha cogido un papel de escribir para envolver unos caramelos, ha usado la pluma para dibujar una flor y bordarla… El anciano tutor y aspirante a marido descubre los engaños y reacciona con bastante furia.

Afortunadamente, las dos obras tienen un final feliz, con la dicha de las dos parejas enamoradas y, en El Barbero, con la burla al tutor Don Bartolo, personaje ridículo e interesado en casarse con Rosina… y también con su dote. Don Matías, sin embargo, en Doña Francisquita, no es ridículo en absoluto, sólo tiene el punto débil de su enamoramiento por una mujer mucho más joven; da muestra de nobleza y hombría de bien, sobre todo en las escenas finales del segundo acto, y acaba comprendiendo el amor entre Francisquita y su hijo Fernando, dando finalmente su consentimiento para que los dos jóvenes puedan ser felices.

Rosina y Francisquita, dos personajes magistrales de la ópera y la zarzuela.

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María Teresa García Hernández, Madrid. 27/01/2012 | 15:53 h.

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